FILTROS, ANTIDOTOS Y ZUMO CELESTE. Rosa Olivares, 2002

2002 textos

 

Estamos tan seguros de lo que vemos, de lo que oímos, de lo que creemos saber, que nos olvidamos con excesiva frecuencia de que la naturaleza cambia nuestras percepciones continuamente. Olvidamos que todo lo que observamos se altera desde su creación hasta que llega a nosotros. Nuestros sentidos no son perfectos, no pueden darnos la certeza de todo nuestro entorno. En esa zona de duda, de incertidumbre entre el conocimiento y la sorpresa, es donde se desarrolla el mundo de las percepciones. Es allí donde la creación tiene lugar.

Es un mundo de sombras y luces, sin cuerpos sólidos, solamente podemos percibir el cuerpo ultraligero de la luz. Nada sabemos de lo que vemos, solamente percibimos sensaciones ópticas. En estas últimas fotografías Lidia Benavides ha ido directamente a la base de la fotografía, a la luz. La luz es esencial en la historia del arte, por su presencia, por su ausencia y por sus modulaciones. Sin embargo que la luz sea la única protagonista de una obra sólo sucede a partir de la abstracción completa. La luz define los colores, y el claroscuro, las sombras, perfila los volúmenes de las cosas. Pero más allá de esa idealización plástica los colores tienen una esencia directamente ligada con la energía de la vida, con la alegría y el dolor, con la esperanza y con la tristeza. Es en ese territorio mágico, en el que el tiempo y la realidad parecen no existir, en el que se desarrollan y viven estas imágenes fotográficas.

Cuando hablamos de fotografía hablamos siempre de una cierta realidad. Por lo general se trata de una realidad física, con cuerpos y tiempos concretos, con volúmenes y narraciones temporales. Pero todos sabemos que existen otras realidades paralelas que nada tienen que ver con estas medidas de precisión, otros lugares en el que vive lo inexplicable, lo asombroso y en el que la realidad tiene un cuerpo de luz, donde el color es la medida, y donde la energía está en estado puro.

En este conjunto de obras Benavides estructura tres niveles de narración simbólica, siempre a través única y exclusivamente de la luz: filtros, antídotos y zumo celeste. La luz como presencia y el agua como referencia permanente. El fluido de la vida, de la sucesión incesante de vida y sensaciones, trascurre por estas imágenes de luz recordándonos historias lejanas, donde la realidad pasa por las emociones antes que por las estadísticas. Un mundo lleno de leyendas y mitos en la que los filtros de amor son ligaduras fatales, donde cada veneno tiene su antídoto en si mismo, donde la vida se condensa en un zumo celeste hecho de luz y de sangre. Palabras que nos remontan a esencias perdidas, a lugares desconocidos que entrevemos detrás de los círculos de luz de las fotografías de Benavides. Traspasados por esos haces lumínicos que tienen su origen en el misterio, en un punto que el espectador no puede ver sino tan solo percibir, suponer. Hay que dejarse llevar por los sentidos y por una especie de memoria ancestral para poder adentrarse por estos rayos de luz tranquila. Una luz real, aunque su cuerpo sea inasible.

Hasta ahora el trabajo de Lidia Benavides con la luz ha pasado por diferentes etapas de una evolución de la que contemplamos ahora el penúltimo escalón. Primero fueron objetos, que modulaban la luz transformándolos en un juego óptico cercano al arte cinético y objetual. Después la luz fue apoderándose de la escena y era ella la que modulaba, reorganizaba la realidad de los objetos elegidos. Siempre el mundo de la escultura y de la instalación estaba cercano, como cercano esta ahora la utilización del vídeo, de la imagen en movimiento. Ahora, en estas fotografías que comentamos, es la luz la única presencia. Ya no hay objetos, no hay nada más que la luz y su presencia absoluta define la fotografía como cuerpo celeste, real en su fantasmagoría, indestructible en su propia fragilidad.

Lidia Benavides entra con estas imágenes en la selecta nómina de artistas que se basan en la luz para su creación. En el escaso grupo de fotógrafos que se deciden por hacer de la abstracción un lenguaje y una materia fotográfica. Artistas esencialistas, que buscan la pureza más allá de las formas y la percepción de los sentidos por encima de la racionalidad de la inteligencia consciente.

Rosa Olivares
Madrid, 2002

 

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